El director de orquesta
Después de una breve presentación, Tomás nos pidió que nos colocásemos de pie, formando un círculo. Él se situó de manera que todos pudiésemos verle sin problemas. Se colocó mientras nos observaba. Me dio la impresión de que ya estaba comenzando a enseñarnos cosas: cómo debíamos colocarnos. Fuimos muchas los que adoptamos determinadas posturas: inclinadas ligeramente hacia un lado apoyando todo el peso del cuerpo en una de las dos piernas, cruzados de brazos, con las manos entrelazadas, con una pierna delante de la otra, etc. Tomás nos fue corrigiendo sin apenas decir nada, se fue comunicando con nosotras a través de la mirada, los gestos y algunos sonidos para expresar su conformidad o disconformidad.
Primero nos observó haciendo una barrida visual a todo el grupo. Yo no hacía más que mirarle y ver cómo sus ojos saltaban de una compañera a otra. Cuando estaba de acuerdo con la postura, no decía nada y seguía observando; cuando veía algo incorrecto, corregía, pero sin hablar. Para hacer referencia a mis compañeras subía las cejas, señalaba y, si ésta tenía los brazos cruzados, él dejaba caer los suyos e imitaba el gesto de la compañera negando con la cabeza. En conclusión: teníamos que permanecer rectas, apoyando nuestro cuerpo en ambas piernas por igual, ligeramente separadas entre sí; los brazos no podían estar cruzados, ni por delante ni por detrás, teníamos que dejarlos caer, rectos; la cabeza mirando al frente.
Una vez revisado el grupo, nos indicó cómo debíamos colocar las manos: con el brazo a la altura de la tripa (no nos indicó cual) y con la palma de la mano mirando hacia arriba, iríamos dando palmas. ¿Quién marcaría el ritmo? Él y sólo él. Se hizo líder desde el principio, ¡sin decir nada! Es lo que más me llamó la atención, cómo con sus gestos y su presencia hizo que nos percatásemos de que él era el líder del grupo. Aunque al principio nos pilló a todas un poco desconcertadas, pues estamos acostumbradas a que el profesor entre y no haga más que soltar un discurso tras otro y decirnos todo lo que debemos hacer mediante la palabra. Pero esta vez fue totalmente distinto: se sabía, ya no porque fuese el profesor, sino por su actitud, palabra mágica que nos explicaría más adelante.
Cuando todos estuvimos colocados, hizo un barrido general del círculo, de un extremo a otro, mientras su gesto quería decir algo así como “¿bien?, ¿sí?, pues un, dos, tres, y…”. En ese momento, un segundo antes de dar la primera palmada, se quedó quieto, movió sus ojos de izquierda a derecha, levantó la barbilla y, no sé explicar exactamente como, pero la gran mayoría dimos la palmada con él. Se notó cómo algunas habían empezado más tarde y como otras se habían adelantado. Entonces repitió: postura correcta, palma de la mano hacia arriba, mirada general, barbilla hacia arriba mientras subía la otra mano y palmada. Repetimos esto hasta que todo el grupo hizo sonar sus palmadas al unísono. En un principio dimos palmadas “normales”, ni muy intensas ni muy ligeras, palmadas simplemente. Mientras sonaban, él iba revisando nuestra postura. Cuando estuvo todo correcto, cuando todas estábamos adecuadamente colocadas, cuando todas las palmadas sonaban al unísono y el ambiente estaba más que definido, entonces, comenzó a variar la intensidad y el ritmo, incluso fue metiendo silencios. Tras un tiempo de adaptación, todas conseguimos seguirle y adivinar qué palmada (o no) seguía. Pero él continuaba sin hablar. Nos observaba mientras se comunicaba con nosotras a través de gestos: ¿que el ritmo se aceleraba?, él ya se encargaba de decírnoslo moviendo la cabeza; ¿que la intensidad de la palmada aumentaba o disminuía?, se nos comunicaba mediante gestos faciales; ¿qué venía un silencio?, teníamos también que fijarnos en sus manos.
Después dividió el círculo en dos mitades, izquierda y derecha. Con su brazo izquierdo iría dirigiendo al grupo correspondiente y viceversa. Volvió a repetir la misma escena que al principio: nos miró y cuando comprobó que todo estaba correcto, contó “un, dos, tres y…”. Entonces levantó su brazo derecho, indicando que sería esa mitad la que daría la primera palmada. Algunas esperaron a que su brazo bajase a la altura de su cintura para dar la palmada, otras se hicieron sonar cuando vieron que su brazo ascendía. Nos explicó que el levantar el brazo era la indicación del grupo qué comenzaría a “tocar” su instrumento, sería al bajarlo y parar a mitad de la cintura cuando habría que dar la palmada. Para comprenderlo mejor, hicimos el siguiente ejercicio: nos pidió que imitásemos la acción de botar una pelota; cómo nuestro brazo ascendía y descendía hasta llegar a un punto determinado, en el cual no bajaba más, como si tocásemos una pelota. En ese momento, es cuando se indicaba a los músicos que debían tocar su instrumento, que la palmada, en este caso, tenía que coincidir con el momento en que tocábamos la pelota. Realizamos el gesto varias veces hasta que todas conseguimos “pillarlo”. Entonces retomamos el ejercicio.
“Nos colocamos. Observamos al grupo, que todo esté correcto: la postura, la atención… Hacemos un barrido visual. Observad cómo me coloco y voy avisando de lo que voy a hacer. Un, dos, tres y…”.
Clap, clap, clap, clap, alternando un grupo y otro, variando intensidad y ritmo. Alguna vez que otra nos engañó para ver si estábamos atentas. Al finalizar, comenzamos a hablar y a reírnos y “no… eso no se puede hacer. ¿O veis a los músicos de una orquesta al finalizar que comiencen a reírse? Esto es un concierto, seriedad por favor”. La verdad es que el primer día pensamos eso, que era un tipo bastante serio.
Cuando vio que manejábamos el ejercicio, sacó a una compañera dirigir al grupo, para después sacar a otra y a otra. Juntos fuimos corrigiendo fallos, destacando aciertos, etc.
Rusia, Prusia, Fucsia, Murcia
El mismo círculo quedó dividido en cuatro partes, creando así cuatro grupos. A mí grupo le tocó la palabra Prusia, y a los otros tres, las palabras Rusia, fucsia y Murcia. En ese momento había complicado el ejercicio anterior incluyendo varias variantes: ya no se trataba de dirigir a uno o dos grupos, ahora éramos cuatro grupos de músicos a los cuales dirigir que tenían distintos “instrumentos”; ya no se utilizaban las palmadas, ahora éramos la orquesta de la palabra.
Tomás se situó en el centro del círculo. Al igual que la actividad anterior, no explicó el juego, simplemente se limitó a jugar y nosotras comenzamos a seguirle. Realizó algunas pruebas hasta que entendimos el concepto y vimos cómo nos dirigiría: el grupo al que fuera señalando tendría que repetir su palabra al ritmo que fuese indicando, así como la intensidad y podría suceder que no fuésemos sólo un grupo el que “tocase”. Empezó por el grupo donde yo me encontraba y marcó un ritmo de 4/4. Comenzamos a decir nuestra palabra al ritmo de las manecillas de un reloj “Prusia, Prusia, Prusia, Prusia…”; a los diez segundos dejó de señalarnos y comenzó a tocar el grupo de Rusia, al mismo ritmo. Hizo lo mismo con los cuatro grupos y comenzó a varias los ritmos, la intensidad y empezó a combinar a dos grupos a la vez o a cambiar de grupo bastante rápido.
“Pasapalmada”
Después de las dos actividades anteriores, Tomás se colocó entre nosotras, formando parte del círculo. “Vamos a jugar a pasar la palmada”, dijo, y dio una palmada mirando a la compañera que estaba colocada a su derecha. Entonces ésta dio otra palmada y la chica que estaba a su derecha, otra. Al principio jugamos despacio, teníamos que pillar el ritmo. Y en la primera ronda nos fue explicando: “vamos a empezar siempre hacia la derecha; cuando demos una palmada la compañera que está a nuestra derecha tendrá que dar la palmada y así sucesivamente. Podremos cambiar el sentido, ¿cómo? Dando una doble palmada: cuando la compañera dé una doble palmada, la persona de su izquierda tendrá que dar una palmada y seguir hacia la izquierda. Cada vez que alguien dé una doble palmada, el sentido cambiará. ¿Bien?”, todas asentimos.
Las primeras rondas fueron de prueba, para coger la dinámica del juego. La verdad es que había que estar muy atento y no perder el hilo. Sentí que tenía que concentrarme, ser ágil e intentar predecir. Poco a poco el juego se fue acelerando. ¡Qué nervios! Se me escapaba la risilla nerviosa, esa que a veces me da los primeros minutos antes de un examen. De repente Tomás paró el juego y lo modificó: ahora teníamos que hacer lo mismo pero son los pies, dar pisadas contra el suelo para seguir el juego, de tal manera que una doble pisada (tocar dos veces el suelo con el mismo pie) significaba que cambiaba el sentido. Al igual que con las palmadas, hicimos varias rondas de prueba. Me hizo gracia como al principio nadie se atrevía a cambiar el sentido, ¡bastante teníamos con pillar la versión sencilla del juego! Pero la cosa se fue animando. “Ahora vamos a jugar tanto con palmadas como con pisadas”, “¡sí hombre! ¡Qué difícil!”. El doble de atención, el doble de concentración y a tope de coordinación. Pam, pam, pam, pam… “Se puede cambiar el sentido y decidir qué se quiere: palmada o pisada. Todos atentos, porque ahora sí es de verdad”. Vamos… ¡esto es la guerra! ¿La primera que falló? Fuera, eliminada. Ahora sí que sí. Al principio tímidamente, comenzamos con palmadas, cambiando de sentido, pero nadie se atrevía a meter “los pies”; pero en cuanto se dejó ver la primera valiente… Aquello pilló muy buen ritmo y, poco a poco, fueron cayendo, porque se daba una palmada que no se correspondía porque habían cambiado el sentido, porque a la que le tocaba dar la palmada no la daba, porque había que hacer una pisada en vez de palmada… Había varias modalidades de error para ser eliminado. Pero allí estaba yo, entre las últimas ¡qué subidón! “Venga, venga, venga, vamos…”, pensaba. Cuando quedamos unas cinco o seis el juego terminó. Nos aplaudimos, saludamos como lo hacen las artistas sobre el escenario, muertas de la risa todas, y nos volvimos a sentar.
Aquellas miradas del principio de clase se volvieron a repetir, pero con un tinte totalmente distinto: “¡cómo mola!”.
Reflexión
“¿Qué se pretende con las distintas actividades?, ¿qué creéis que estamos trabajando?”, hicimos una lluvia de ideas con él. Tras visualizar mentalmente las actividades me di cuenta que habíamos trabajado varias capacidades de una forma gradual e integradora:
- El director de orquesta. Con esta primera actividad trabajamos la atención y algunas de las técnicas gestuales de dirección de orquesta, las más básicas. Asimismo, comenzamos a observar la figura del líder, qué actitud debía tener el líder para serlo de manera correcta y descubrimos la importancia del director. Trabajamos también el lenguaje no verbal, observando y traduciendo gestos; sentimos varios ritmos y pulsos.
- Rusia, Prusia, Fucsia, Murcia. Con la segunda actividad aumentamos el nivel de atención y, como consecuencia, el nivel de concentración y predicción. Había que estar atento para saber cuándo entraría tu grupo en acción, cuándo habría que parar y, a la hora de “tocar” tu instrumento a la vez que otro, concentrarse en el sonido de tu grupo, el ritmo y la intensidad, para no confundirse y fundirse con un grupo que no era el tuyo.
- “Pasapalmada”. Podría decirse que ésta fue la “mega actividad”, la madre de todas, pues introdujo todas las capacidades anteriormente trabajadas elevadas al cubo: atención, concentración, predicción, y además, memoria y reflejos. Nos “espabiló bastante”. Fue una actividad que nos despejó y nos activó, tanto mental como corporalmente. Además, nos lo pasamos muy bien, pues a todos, no solo a los niños, creo que nos gusta jugar y aprender de esta manera: se vive todo más, se fija todo mejor, agilizas la mente y reaccionas mejor.
Aprendimos la importancia de cómo enseñar las actividades, cómo enseñar los distintos juegos. Nos dimos cuenta, y él nos recalcó, que apenas nos había explicado las reglas de las distintas actividades/juegos que habíamos realizado: habíamos aprendido jugando, por ensayo-error, por imitación y corrección. “Lo importante a la hora de explicar un juego es no aburrir al niño. Tú imagínate que antes de comenzar el juego, empiezas: pues este es un juego que se llama de tal forma y ahora os voy a explicar cómo se juega. Apuntad: bla, bla, bla, bla. ¡El niño se muere de aburrimiento! Las órdenes deben ser implícitas y las explicaciones muy breves, y siempre, siempre, siempre, saber qué grupo tenemos delante: hay que adaptar los juegos y las actividades al grupo al que van a ir dirigidas”.
Por otro lado, descubrimos cómo ha de actuar y comportarse un líder. Qué actitud debe tomar y cómo tiene que llevar al grupo. Por lo que estuve viendo a lo largo de la sesión, me di cuenta de que debía ser una mezcla de todo un poco: un toque de seriedad, sobre todo al principio, para que el personal no te tome el pelo y te tome enserio; muchísima confianza en uno mismo y en lo que estás haciendo, porque si dudas y titubeas y el público se da cuenta, te “comen”; ser muy claro, saber transmitir, saber utilizar muy bien el lenguaje gestual y, una vez que todos nos conocemos y está claro quién manda, meter humor a la cosa. Creo que esa es la receta mágica. Tener presencia, estar ahí y dejar claro que eres tú y sólo tú quien dirige, en última instancia, el cotarro.
Pero una de las cosas más importante fue el carácter de la sesión: el carácter lúdico y motivador de la sesión, además de estar bien adaptado a los participantes. Todas pasamos de los veinte años, y a estas alturas, que mires el reloj y te des cuenta de que la clase llega a su fin y pienses “¿ya?”, no tiene precio. La sensación de diversión que me dejó fue un verdadero aliciente y una bocanada de aire fresco para mis pensamientos en relación con la asignatura.
Teoría relacionada
Nueve. Son nueve los segundos que emplea el director para colocarse en su sitio, saludar a sus músicos con un par de miradas, indicar que están preparados y empezar a dirigir (minuto 01:00 a 01:09). Sólo nueve segundos en los que consigue conformar un todo, una simbiosis entre todos los componentes de la orquesta. Es increíble. A lo largo del vídeo podemos observar cómo el director dirige a sus músicos moviendo sus brazos, sus manos y su cabeza, acompañando cada movimiento con miradas y gestos faciales.
Al finalizar la primera clase, Tomás nos pidió que buscásemos un vídeo de una orquesta y que nos fijáramos en su director. Miré por internet, tecleando en el buscador de Google “técnicas gestuales de dirección de orquesta”, y encontré varias cosas. Me llamó mucho la atención la definición de “dirección de orquesta” (copio y pego): “… consiste en la aplicación de forma artística de determinadas técnicas gestuales, de ensayo y psicológicas para conseguir que una orquesta recree la obra de un compositor de la forma más adecuada a cómo éste la pensó al crearla”. Me llamaron la atención dos cosas: la primera, el hecho de que en la definición se haga referencia a la psicología; y la segunda, el objetivo que tiene la orquesta de recrear la obra de un compositor de la forma más adecuada a cómo éste la pensó al crearla. Me doy cuenta entonces de que el director no tiene que saber únicamente qué grupos de instrumentos han de intervenir y cómo; tiene, además, que transmitir sentimientos, los mismos que sintió el autor de la obra al crearla, los mismos que debería despertar la misma en el oyente. Tiene que contagiar a sus músicos y que éstos sean capaces de tocar el instrumento intentando reproducir ese sentimiento. Complicadísimo, me parece complicadísimo. Y visto así, creo que no todo el mundo podría ser director de orquesta. Pienso que éstos deben tener una sensibilidad especial e, incluso, me atrevería a decir que deberían poseer una forma única de entender y sentir la música, más allá del sentido del oído. El director perfecto, bajo mi punto de vista, sería aquel que tuviese un nivel cultural en este arte muy alto, una sensibilidad muy desarrollada, un alto nivel de empatía, un perfecto control del lenguaje no verbal, una capacidad de interpretación muy trabajada y dotes en la psicología y control de sus sentimientos; además, claro está, del manejo de las distintas técnicas gestuales de dirección.
En el vídeo podemos observar cómo el director sigue una especie de ritual antes de comenzar el concierto. Este ritual que dura apenas alrededor de unos quince segundos, pero que resulta crucial y necesario, se compone de:
- Un tiempo de concentración/preparación. Se produce cuando el director llega al escenario y se coloca en su lugar, dando unos segundos a sus músicos para que éstos adopten la postura adecuada, mientras él adopta su papel de líder con una postura cómoda, relajada, a la par que elegante. Seguidamente, hace un barrido visual a toda la orquesta para comprobar que todos están listos y preparados. Esto me recuerda claramente a lo que Tomás reprodujo en clase: nos colocó en círculo y él entonces se situó y adoptó su postura mientras nos observaba.
- Una determinada posición inicial. Es la postura que ha de adquirir el director instantes antes de comenzar a marcar el comienzo del concierto, la entrada o anacrusa. El director debe estar erguido, sin adquirir mucha tensión, manteniendo su cabeza levantada mirando al grupo de músicos. Sus piernas deben estar ligeramente separadas con el fin de lograr un mayor equilibrio, sus brazos algo adelantados, colocando sus antebrazos paralelos al suelo y separados paralelamente entre sí. Las manos no tienen que colgar, deben ser una prolongación de los brazos y los dedos deben quedar ligeramente curvados, adoptando una postura natural. Cuando Tomás se colocó para llevar a cabo la primera actividad, fue ésta la posición que adoptó y sus brazos, se quedaron suspendidos a una determinada altura; teníamos que imaginarnos una tabla de cristal a la altura de nuestra cintura.
- La referencia óptica. El término hace referencia al espacio que recorren los brazos desde que salen de la posición inicial hasta que regresan a ella: los brazos salen de la posición inicial para volver a ella siguiendo la misma trayectoria.
Los directores de orquesta llevan a cabo determinadas técnicas gestuales, psicológicas y de ensayo en su labor. Las técnicas gestuales hacen referencia a los movimientos físicos y gestos que ha de realizar el director con el fin de indicar a sus músicos cómo han de tocar, más allá de lo escrito e indicado en la partitura. El director dirige a sus músicos principalmente con los brazos, aunque, como vemos en el video, recurre también a multitud gestos faciales. Dentro de la técnica referida a los brazos, nos encontramos con las llamadas figuras básicas: la plomada o vertical, la cruz y el triángulo.
Por otro lado, las técnicas psicológicas aluden a la manipulación de los músicos y del público para, como bien decía antes la definición, recrear las pretensiones del compositor al crear su obra musical.
Buscando directores encontré este video. Se trata del director Herbert Von Karajan, dirigiendo una pieza de Beethoven. Me llamó mucho la atención lo que ocurre del minuto 00:14 al 1:11.
Me impresiona bastante observar de qué manera dirige a sus músicos en este tramo en especial a la hora de variar las distintas intensidades que marcan cada momento, sobre todo cuando la obra se vuelve suave. Me fijo en esos segundos y puedo ver cómo sus movimientos son delicados y cómo los músicos responden. Pensé que sólo sería en esa parte, pero avanzando el vídeo he podido ver cómo, del minuto 02:30 al 03:15, el director mantiene los ojos cerrados. Creía que los directores tenían que tener un contacto visual con sus músicos durante toda la obra. Busqué entonces y encontré este otro vídeo:
En esta ocasión, observo un mayor contraste cuando el director quiere transmitir los distintos tipos de intensidad: comienza con gestos muy marcados y exagerados, para después, en el minuto 01:45, comenzar a moverse con mucha delicadeza y cuidado.
Para terminar esta sección, querría adjuntar este vídeo porque me gusta mucho la obra y se pueden ver casi constantemente (aunque de espaldas) los movimientos del director.
Educación Infantil
Todos los aspectos que trabajamos ese día pueden trabajarse también con los niños y niñas de infantil realizando las adaptaciones oportunas. Es cierto que algún juego que otro, a la hora de adaptarlo a los niños más pequeños del segundo ciclo (tres años), presenta, bajo mi punto de vista, cierta dificultad a la hora de adaptarlo, como es el caso del “pasapalmada”; pero podemos trabajar de otra forma esas capacidades y destrezas.
Me imagino en el aula, con mi grupo de dieciséis niños y niñas de tres años. Están aprendiendo los colores y ya conocen y discriminan el color azul, el verde, el rojo, el rosa, el amarillo y el naranja. Estamos todos sentados en la alfombra, en la asamblea, hablando de la primavera. Aprovecharé este momento para llevar a cabo un juego tranquilo que trabaje la atención y la concentración, y sirva para “despertar” a mis niños. Tengo seis flores hechas de cartulina, cada una de un color (los que he mencionado anteriormente). “Os voy a enseñar una cosa… ¿qué tengo aquí? Es una flor de color…” (les digo tarareando), en ese momento saco de detrás de mi espalda, muy despacio, la primera flor, de color azul, que les muestro con el brazo estirado y levantando mucho las cejas. Me espero unos segundos para ver si contestan pronunciando el nombre del color y entonces les acompaño: “azul, muy bien. A ver, a ver, ¿qué tengo aquí? Es una flor, de color…”, llevo mis manos hacia la espalda; “tatachán, tatachán”, digo mientras hago un barrido y les miro a todos, entonces saco la siguiente flor con más energía, levantando las cejas y abriendo la boca, espero unos segundos su reacción y me sumo: “¡rosa! ¡Muyyyyyy bien!”, digo con un tono de voz más alto que el anterior. Repito esta acción mostrándoles las flores de dos formas distintas:
- Llevando mi brazo desde detrás de mi espalda hasta estirarlo hacia delante de una forma muy lenta, agachando ligeramente mi cabeza y encogiendo los hombros. Esto significará que tenemos que decir el nombre del color correspondiente muy bajito. Para que asocien esta forma de presentarles la flor con el hecho de decir el nombre del color de una forma suave, casi susurrando, esperaré a que pronuncien el nombre de forma libre, para ir indicando con la mano que deben bajar el tono de voz.
- Llevando mi brazo desde detrás de mi espalda hasta estirarlo hacia delante de una forma rápida y visualmente más activa que la anterior, con la cabeza alta, levantando mucho las cejas, abriendo la boca y estirando mi tronco completamente. Esto significará que tenemos que decir el nombre del color correspondiente más alto, utilizando una mayor potencia e intensidad en la voz. Para asociar esta forma de presentarles la flor con el hecho de decir el nombre del color recurriendo a una mayor intensidad, actuaré como en el caso anterior: les dejaré pronunciar el nombre de una forma libre para indicarles con la mano que deben aumentar el tono de la voz hasta un cierto punto.
“Ahora vamos a hacer todos juntos una canción de la primavera”. Voy colocando las flores en el suelo formando una hilera mientras les explico el juego y voy llevando a cabo dichas acciones: “voy a empezar la canción, pero antes: abrimos bien nuestras orejas (les digo mientras me estiro mis orejas esperando que ellos hagan lo mismo); a ver, a ver… ¡Genial!; concentración (les digo mientras coloco mis dedos en la frente), om, om, om… Muy bien. Ojos bien abiertos (les digo mientras cierro mis ojos y los abro lo más que puedo), ¡perfecto! Voy a empezar a cantar nuestra canción y cuando coja una flor vosotros tenéis que decir su color ¿vale? Vamos a ver cómo sale (empiezo a cantar): la primavera ya está aquí, salgo corriendo a mi jardín, veo flores de colores… Tengo una flor de color… (en ese momento cojo una de las flores y la levanto mientras miro a mis niños y asiento con la cabeza, indicándoles que tienen que decir el nombre del color de la flor que sostengo), tengo otra flor de color… (Dejo una flor y saco otra)”. Así sucesivamente.
Para incluir variaciones en el juego y algo más de dificultad podemos asociar dos formas distintas de mostrar las flores a dos intensidades a la hora de decir el color correspondiente: enseñarles la flor mientras agachamos nuestro cuerpo querrá decir que tienen que pronunciar el nombre del color muy bajito, mientras que enseñarles la flor levantando mucho la mano y estirando nuestro tronco querrá decir que han de pronunciar el nombre del color de una forma más enérgica e intensa.
Con el grupo de seis años, podremos incluir más variaciones y complicaciones: podemos dividirles por grupos (máximo cuatro grupos) y colocarles caretas de animales; cada grupo deberá reproducir el sonido del animal correspondiente cuando la maestra lo indique, siguiendo el ritmo de la obra El Danubio azul de Johan Strauss, la cual habremos trabajado con anterioridad (a partir del minuto 01:26 hasta el minuto 03:09 aproximadamente). Podemos recurrir a toques con el brazo señalando al grupo para indicar cuantos ladridos, maullidos, graznidos, etc., han de reproducir y con qué intensidad (levantando mucho el brazo de forma enérgica o de forma suave). Para una mayor diversión, la directora de esta orquesta tan particular podrá ir disfrazada de granjera o espantapájaros.