Con todos ustedes...


“Esto es un metrónomo”, lo colocó encima de un taburete y lo hizo funcionar. “Como veis, va marcando un ritmo determinado. Al mover esta piececita de aquí, conseguimos variar el tempo: contra más abajo la coloquemos, conseguimos una velocidad mayor en la sucesión de negras. Lo que quiero que hagáis es lo siguiente: pensar cómo presentaríais, de una forma amena y divertida, el objeto, el metrónomo”, “pero… ¿cómo? ¿Para niños pequeños?”, “sí, ¿os acordáis de cómo yo os presenté el diapasón, no? Jugando con vosotras, gastando bromas, metiendo algún elemento de sorpresa… Pues quiero que hagáis lo mismo con el metrónomo, que penséis cómo se lo presentaríais a vuestros alumnos de una manera divertida y participativa. Eso son los deberes”.

Estuve pensando a largo de toda la semana y no se me ocurría absolutamente nada, y las únicas ideas que se me venían a la cabeza me resultaban aburridas hasta a mí. 



Teoría relacionada

El metrónomo es un aparato que se utiliza para medir el tempo o compás de las composiciones musicales. Informa al músico del compás de la pieza para que éste pueda llevar un ritmo constante. El metrónomo emite una señal acústica que se parece mucho al sonido que emite la manecilla que marca los segundos de un reloj.

El metrónomo marca pulsos por minuto, basándose en la negra. Así, podemos encontrarnos con distintos tempos, dependiendo del número de negras que el metrónomo marque por minuto.

Existen varios tipos de metrónomos, pero actualmente el más común es el electrónico:
  • Metrónomo mecánico. Está compuesto por una caja, que puede ser de madera o de plástico, y de una varilla de metal que posee una pesa que puede desplazarse a lo largo de la misma. Este es el metrónomo que Tomás nos presentó en el aula. La varilla actúa a modo de péndulo invertido y su velocidad es ajustable con el fin de conseguir distintos tempos
  • Metrónomo electrónico digital. Cumple las mismas funciones que el mecánico. En algunas ocasiones incluye un afinador. En este caso, el metrónomo permite ajustar la intensidad de la señal que emite.
  •  Metrónomo de software. Hace referencia a las aplicaciones específicas de software que hacen la función de metrónomo.

Pero para entender en qué consiste exactamente, antes debemos tener en cuenta la diferencia entre pulso, ritmo y tempo:

  • Pulso. Es la unidad básica de medida temporal y rítmica de la música. El pulso hace referencia a “cualquiera de las señales transitorias musicales periódicas que marcan el ritmo; es decir, el latido de la música. El pulso es la unidad temporal básica (aun así sub-divisible) de una obra musical. Cuando un oyente da golpes con el pie al escuchar una obra musical, esos golpes son pulsos”.
  • Ritmo. Se refiere a la frecuencia de repetición en una composición. “Es la organización en el tiempo de pulsos y acentos que perciben los oyentes en una estructura. Esta sucesión temporal se ordena en nuestra mente consiguiendo que percibamos una forma concreta”. En el diccionario de la Real Academia Española encontré la siguiente definición: “proporción guardada entre el tiempo de un movimiento y el de otro diferente”.
  • Tempo. Hace referencia a la “velocidad con que debe ejecutarse una pieza musical. Es la unidad usada para medir las expresiones auditivas de algún segmento musical". Nos referimos a tempo al hablar de transiciones de espacios sonoros, como al contar de uno en uno hasta llegar a diez.

Leo y releo las definiciones y he de admitir que me cuesta bastante entender cada término. De hecho, no he sabido explicarlos con mis palabras; he recogido las definiciones tal cual. Pero lo que sí me queda claro es que en música no pueden sobrevivir por separado. Los pulsos conformarían el ritmo que, a su vez, nos indicaría el tempo de una pieza musical. Así es como lo entendí. 



Míster Metrónomo

“Las seis y diez… ¿dónde estará?”, Raquel se encogió de hombros. Comenzamos a inquietarnos hasta que mi mirada se encontró con la de otra compañera: “está ahí detrás”. Giré la cabeza y ahí estaba, sentado como uno más en la última fila. Cuando todas nos percatamos de su presencia nos callamos, esperando el comienzo de la clase. Pero nada, no se movía del sitio. Comenzamos a mirarnos entre nosotras, pues teníamos la esperanza de que se le hubiese pasado qué teníamos que hacer ese día. “A mí no me miréis… Venga, una voluntaria”, nos dijo. “¡Ña!, se acuerda”, le dije a Irene.

Nadie se movía… Yo estaba especialmente nerviosa, pues me moría de ganas de poder enseñar algo; pero sinceramente las dos ideas que se me ocurrieron eran aburridísimas y demasiado obvias.

“Venga yo”, dijo Ana mientras se levantaba de su sitio. Cogió el metrónomo y lo colocó en una silla para comenzar a explicar su propuesta. Pidió voluntarios y salimos Víctor, Irene y yo. Nos propuso echar una carrera con la siguiente condición: sólo podríamos avanzar en los silencios del metrónomo, en el momento que escuchásemos su tic o tac, no podríamos movernos. Nos marcó la salida y la llegada. “Cuando yo diga ya… Un, dos, tres, ¡ya!”. Primero nos puso un tiempo lento, donde los silencios nos daban margen de acción. La segunda carrera la hicimos escuchando un metrónomo más acelerado; esto ya nos costó un poco más. Y ya cuando la cosa se animó y Ana decidió bajar mucho más la pesa se nos hizo casi imposible avanzar, no pudiendo respetar la regla de movernos en los silencios. Era casi imposible. Aplaudimos, nos sentamos en nuestros sitios y la clase prosiguió.

La segunda valiente fue Raquel. Optó por dejar el metrónomo situado donde lo había colocado Ana. Ella se quedó de pie, pero nos animó a hacer la actividad sentados. Explicó su propuesta mientras iba haciendo lo que decía: “tenemos que movernos a la vez que el metrónomo; es decir, movemos el tronco de un lado a otro, de derecha a izquierda, haciendo coincidir el tic y el tac con derecha-izquierda, derecha-izquierda… ¿sí?”. Puso a funcionar el metrónomo con la pesa en lo más alto de la varilla, por lo que el ritmo comenzó lento. Ella empezó a tambalear su tronco de un lado a otro y nosotros comenzamos a seguirla. Cuando comprobó que todos estábamos haciendo bien el ejercicio, incluyó una variación, explicándola sin dejar de moverse: “ahora vamos a incluir una palmada justo cuando pasemos por el centro en nuestro movimiento. Así”. Siguió balanceándose de un lado a otro a la vez que una palmada acompañaba el paso por el que volvía a estar en una línea vertical todo su cuerpo. Nosotros hicimos lo mismo. Bajó la pesa, por lo que aumentó el tempo, así como nuestro balanceo. “También podemos incluir palabras o sílabas cuando suene el metrónomo: Lu-na, lu-na; sol-sol-sol-sol”. “Ya está”. Aplaudimos y Raquel se sentó.

El hielo ya se había roto y la cosa se animó. El tercero en salir fue Víctor, nuestro chico, que volvió a dejar el metrónomo donde Ana había decidido colocarlo. “Vale, necesito dos voluntarias por favor”. Dos compañeras salieron al centro del aula. Víctor las colocó una enfrente de la otra y les explicó en qué consistía su propuesta: “lo que tenéis que hacer es hablar, conversar; pero sólo podéis decir las cosas cuando suene el metrónomo”. La cara de las compañeras fue un poema: se miraron y no pudieron aguantarse la risilla nerviosa. Todas nos echamos a reír de imaginarnos lo que iba a pasar. “¿pero palabras? ¿O las sílabas?”, “como tú veas… Pero únicamente cuando suene el metrónomo; cuando no lo oigas no puedes decir nada, aunque la palabra se haya quedado a medias. ¿Listas?”. Asintieron con la cabeza y se miraron con una sonrisa. “Venga, comenzamos lento, ¿ok?”. Víctor puso en marcha el metrónomo marcando el tempo más lento que éste permitía. La escena fue cómica: “ho-la-¿qué-tal?”, “yo-bien-¿y-tú”. Las carcajadas no se hicieron esperar. “Qué bueno… es muy bueno”, comentó Tomás mientras tomaba notas. Víctor aumentó el tempo en el metrónomo y les propuso un tema de conversación: el tiempo. “Va-ya, qué-frío, ¿note-parece?”. No sabría cómo reproducir la conversación de manera escrita. Pero fue estupendo. Me encantó la idea.

La siguiente en salir fue Irene, que pidió voluntarias para poder llevar a cabo su propuesta. Salieron cinco compañeras a las que pidió que se colocasen formando un círculo del que ella también formaría parte. Cada miembro del grupo intervendría reproduciendo el sonido correspondiente a la siguiente combinación cuando sonase el tic-tac del metrónomo: palmada / palmada / palmada / rodilla / palmada / palmada / palmada / rodilla. “Empezaré yo y seguirá mi compañera de la izquierda; iremos en sentido de las agujas de un reloj”. Irene se dispuso a colocar el metrónomo para que éste reprodujese un tempo lento. Ella observó al grupo y cuando notó que todos habían pillado el tempo, comenzó dando una palmada haciéndola coincidir con el tic; su compañera de la izquierda dio otra palmada cuando sonó el tac, y así sucesivamente siguiendo la combinación que ella había propuesto. Después aumentó el tempo. Como en los ejercicios anteriores, el aumento del tempo hacía que resultase más difícil llevar a cabo el ejercicio.

Alicia dividió la grada en dos mitades. Nos explicó que tendríamos que hacer coincidir nuestras palmas con el tic-tac de metrónomo pero que ella indicaría qué mitad de la grada debía hacerlo. Al principio comenzamos con un tempo lento y acompañando al metrónomo con palmas ambos grupos pero por separado; cuando cogimos la dinámica, Alicia aumentó el tempo y comenzó a unificar las palmadas de ambos grupos.

De vez en cuando observaba al profesor: estaba muy atento a todo lo que hacíamos e iba tomando notas de todo.

Elena propuso construir un metrónomo humano: alguien que hiciese de caja o cuerpo del metrónomo y otra persona de varilla. Salieron cuatro voluntarias: se colocó una (la caja), detrás de otra (la varilla), mientras que las dos restantes se situaron a los lados para mover de un lado a otro a la compañera que hacía de varilla. Realizaron el ejercicio. Después, Elena propuso lo siguiente: movernos a la vez que lo hacía el metrónomo, de pie y de un lado a otro, mientras nuestra mano se movía arriba o abajo, a lo largo de nuestro tronco; de esta manera, teníamos que adivinar la posición de la pesa colocando nuestras manos más arriba o más abajo, dependiendo del tempo. No valía mirar el metrónomo: teníamos que adivinar dónde se encontraba la pesa, a qué altura.

Lucía propuso decir un trabalenguas a la misma velocidad que marcase el metrónomo. ¡Nos volvimos locas! No conseguíamos decirlo sin metrónomo siquiera: dos tristes tigres comían trigo en un trigal (me cuesta hasta escribirlo, no digo más).

Marta explicó que, entre todas, podríamos ponerle un nombre al metrónomo, dotarle de personalidad. “Como si estuviera vivo”. También se le ocurrió la idea de la orquesta, como a Alicia.

La otra Marta propuso movernos por el espacio haciendo coincidir nuestros movimientos con el tic-tac del metrónomo. La siguiente compañera introdujo una variación a la propuesta: “movernos por el espacio respetando el ritmo del metrónomo pero diciéndoles semejanzas a los niños; por ejemplo, nos movemos lento como un ladrón, ¡corremos porque nos han pillado robando!”. Todas nos empezamos a reír, Tomás también, entonces ella cayó en la cuenta: “bueno… no se trata de fomentar la delincuencia, ¡es sólo un ejemplo!”, dijo riéndose. Otra variación de esta misma propuesta fue la de moverse por el espacio pero imitando la forma de un animal. Como un cangrejo, una serpiente, un perro, etc. Era para verlas; tiradas por el suelo intentando avanzar modo cangrejo mientras respetaban el metrónomo.

Lucía propuso hacer una torre de manos, colocando una mano encima de la de un compañero a medida que se sucedían los tics- tacs del metrónomo: quien colocase su mano en lo más alto de la torre, perdía. Cogieron una mesa y comenzaron el juego. Llegó un momento en el que no se sabía de quién era una mano o la otra. Pero risas hubo para rato.

La última propuesta trataba de esparcir aros de colores por el suelo e ir saltando de uno a otro siguiendo el tic-tac del metrónomo.

De lo que en un principio pareció ser un fracaso, resultó ser una lluvia de ideas impresionante. A medida que iban saliendo mis compañeras me iba sorprendiendo más y más. “¿Cómo es posible que me hubiese costado tanto dar con una propuesta?”. En total apunté en mi hoja quince juegos. Excelente.

“¿Alguna propuesta más?”, preguntó Tomás. “Vale”. Bajó al que solía ser su puesto, al centro del aula. “¿Veis como no es tan complicado? Ahora lo que vamos a hacer es, todas y tú también (dijo mirando a Víctor), críticas a lo que acabamos de ver. No me vale eso de: me ha gustado, ó no me ha gustado. No. Ya somos mayorcitas para hacer una buena sesión crítica: me ha gustado porque… / no me ha gustado porque… / pienso que en la propuesta de (…) podríamos cambiar… Vale todo. Son críticas constructivas. Así que a ver, venga, una valiente”. No estábamos nada acostumbrados a hacer eso en clase. Está claro que siempre comentábamos las actuaciones de las compañeras entre nuestros más “allegados”; pero nunca lo habíamos expuesto así.

Poco a poco, respetándonos, eso sí, en todo momento, comenzamos a comentar la sesión. Salieron las siguientes críticas (reúno todo lo que se fue diciendo, tanto positivo como negativo, como las propuestas de mejora):

  • El trabalenguas, a nivel general, nos había parecido una propuesta bastante complicada para llevarla a cabo con niños pequeños. Opinamos que habría sido mejor hacer ese mismo ejercicio con una poesía, o una canción cortita.
  • Ana se hizo una autocrítica, cosa que a Tomás le encantó. “Un aplauso para vuestra compañera porque criticarse a uno mismo es algo que debemos hacer siempre, es fundamental”, todas aplaudimos. Ana criticó su forma de explicar la propuesta: “creo que ha habido un momento en el que he liado algo la explicación”. De esta autocrítica sacamos una conclusión: nuestras explicaciones debían ser claras, concisas y con las palabras justas, breves.
  • Yo comenté que quizá, antes de pensar las propuestas, debíamos habernos informado de qué era un metrónomo; cómo estaba construido y de qué partes constaba.

Entre otras cosas, se comentaron los juegos que más y que menos habían gustado: la propuesta de conversaciones de Víctor había estado genial, una pasada; la propuesta de Elena de construir un metrónomo humano quizá era algo complicada para niños tan pequeños, así como el juego de la torre de manos. Gustó mucho también el juego de movernos por el espacio  representando a distintos animales siguiendo el ritmo del metrónomo.


Cuando pensamos que ya no había más donde rasgar, Tomás nos abrió los ojos. “Hay algo, que no sé por qué habéis hecho todos… Hay algo que no habéis tenido en cuenta y es el lugar que habéis elegido para colocar el metrónomo. ¡Le habéis dejado a un lado al pobre! Y eso que es él el protagonista. O sea, habéis explicado la actividad y el metrónomo apenas se veía: estaba allí, a lo lejos, colocado encima de una triste silla. La próxima vez colocarlo en el centro, o a un lado; encima de un taburete o, no sé, en un sitio más visual para darle el protagonismo que merece”. Ni cuenta, personalmente no me había dado ni cuenta de ese pequeño gran detalle; ni ninguna de nosotras. Tomás prosiguió. “Otra de las cosas que nuca, nunca, podéis hacer es utilizar la expresión “yo haría…”. No: “cuando yo esté en mi aula, con mis niños, haré bla, bla, bla…”. Porque el “haría” es hablar de suposiciones y cosas que se quedan en el aire. Eso, a la hora de defender vuestra propuesta en una oposición, jamás lo hagáis: con mis alumnos yo haré… Y a partir de ahí explicáis lo que vais a hacer con vuestros niños, porque se supone que estaréis defendiendo un caso real, algo que, si mañana mismo os dejaran solas en una clase, tenéis la certeza que vais a hacer”. “Recordad que las explicaciones han de ser pocas y breves, considad: no hay que aburrir al espectador nunca. Qué más… Ah, por favor, siempre hay que contextualizar, cautivar al auditorio, tomarnos nuestro tiempo antes de presentar la actividad: enganchar al público. Y otra cosa importantísima: debéis corregir siempre; si veis que algún alumno está haciendo mal una actividad o ejercicio, tenéis que corregirle. Y recordad: sois un modelo a seguir. Tener eso presente en todo momento”. 




Versionando Fever

“Pensad en una canción que sea, casi, casi, una reproducción exacta de un metrónomo; que la canción en sí fuera como si hiciese la función propia de un metrónomo”. Nos quedamos pensando varios segundos; pero nada. “¿Sabéis cuál es la canción “Fever”?”, nos preguntó; “¿la de “Fiebre del sábado noche”?”, fue lo primero que se me pasó por la cabeza. “No. “Fever”, a secas”… “Ésta”, dijo una compañera haciendo reproducir la canción en su teléfono móvil.




“¡Ésta! Escuchad”. Todas nos concentramos, escuchando la canción y mirándole. “¿Os dais cuenta? Cómo la canción reproduce a un metrónomo: tan, tan, tan…”. De repente, improvisó una letra relacionada con la fiebre y comenzó a cantar moviéndose entre el público que miraba atónito. “¡¿Qué hace este hombre?!”, pensamos más de alguna. “Esta niña tiene fiebre, dime qué es lo que puedo hacer… ¡Fiebre!”, no conseguí apuntar toda la letra pero esa frase y esa imagen se quedó grabada a fuego en mi cabeza. No me podía creer lo que estaba viendo. Ese día salimos comentando que estar en sus clases era como ir a ver un espectáculo de teatro, de estas actuaciones alternativas en las que hacen partícipe al público: de repente suben a un espectador y le hacen bailar o cosas así. Me encanta el teatro.

Pero volviendo al tema: ¡madre mía! “Se me ocurre que yo un día puedo llegar al aula, con una bata blanca y un estetoscopio, poner la base de esta canción y ponerme a cantar esta letra o cualquier otra. Y jugar con el público y luego entonces ver qué es un metrónomo”.

Nos debió ver a todas así…


Flipando.

“Vais a… (Miedo me daba ya a esas alturas el comienzo de esa frase) coger esta canción o cualquier otra que se parezca a esta y vais a pensar la letra de la canción que cantaríais para presentar el metrónomo y jugar con los niños. Y también me vais a decir cómo prepararíais la ambientación: vestuario, algún elemento u objeto protagonista… No sé, lo que se os ocurra. El próximo día lo vemos en clase”.

He de reconocer que ni quise pensarlo durante la semana. Pero una vez pasado el tiempo, y trabajando más aspectos sobre la asignatura, me entraron las ganas y me puse en situación.

Estoy en mi aula con mis niños de cuatro años. Nuestra mascota, Dina, es una pequeña dinosaurio (exactamente un triceratops) que va viviendo numerosas aventuras a lo largo del curso (en el aula tenemos un peluche como este):




Esta vez ha llegado a nuestros oídos que se ha echado un nuevo amigo… ¡Y no nos lo ha presentado! Les cuento en la asamblea cómo está la situación y lo que vamos a hacer: le pediremos a Dina que nos presente a su nuevo amigo con una canción, pero, por si acaso no lo hiciera, tendremos que investigar, así que es urgente que nos fabriquemos una lupa para ser unos buenos detectives.

A lo largo de dos o tres días intentaremos aprendernos la canción y construiremos una lupa en el rincón de la plástica: les recortaré la silueta de una lupa en cartón que tendrán que pintar de negro con témpera, esparciendo la misma con los dedos; después, una vez se haya secado la pintura, pegaremos un trozo de papel celofán amarillo para fabricar la lente.

Todos juntos hemos decidido llamar a nuestra Operación de Investigación el Día “D”: mis niños están aprendiendo a escribir y saben que Dina se escribe con la letra “d”. Y por fin llega el Día “D”. Colocamos a Dina encima de una mesa con la luz de tres linternas apuntándola (antes hemos bajado las persianas dejando el aula casi a oscuras). Pongo el cd con la base de la canción “Fever” y, dando vueltas alrededor de la mesa, cantamos nuestra canción:

Dina tiene un nuevo amigo
Y no lo quiere presentar
Dina, venga, no seas mala
Queremos conocerle ya

¡Yo no me aguanto!
No sé cuánto más me puedo esperar…

¡Dina! Cuéntanos quien es que queremos jugar

Dicen que es divertido
Mil juegos nos puede enseñar
Sus orejas son enormes
Y sabe hasta cocinar

Yo no me aguanto
No sé cuánto puedo más me puedo esperar…

¡Mira! Asoma una patita
Con la colita está haciendo igual
No me creo lo que veo
¡Vaya bicho de animal!

¡Un elefante!
¡Vaya orejas! Nos va a escuchar genial

¡Dina! Vaya secreto te querías guardar
¡Dina! Estoy contento: ¡ya somos uno más!


Dependiendo de lo que estemos trabajando con los niños podremos variar a letra y ajustarla al tema que nos ocupe en ese momento: elegí al elefante por el hecho de estar trabajando nuestra próxima excursión al zoo.

Cuando empieza la estrofa de “¡Mira! Asoma una patita…”, comienzo a enseñarles el elefante de cartón que guardé en el armario esperando ese momento. Una vez resuelto el enigma, nos dispondremos a decorar nuestro elefante para poder colgarlo en nuestro mural junto con los demás animales que nos encontraremos en el zoo. 



Reflexión

No es que nos infravalorase a todas; es que había estado escuchando durante una semana sus comentarios de desánimo de cara a la actividad. “Nada, es que no se me ocurre nada”, ése era el comentario general. A todas nos pareció complicadísima la tarea que Tomás nos había encomendado. Y creo que ya sé el por qué: llevamos tres años de carrera haciendo trabajos que tienen cero de inventiva y de creatividad. Y el cerebro, de no usarlo, se vuelve “tonto” en ciertos aspectos. ¿Por qué nos había asustado tanto la actividad?, ¿por qué nos había costado tanto “arrancar”? Porque llevan tres años sin pedírnoslo a ese nivel: no sólo era inventar un juego, era inventar un juego que llamase la atención, que incluyese algo de teatro e interpretación, que enganchase al público y, en definitiva, que teníamos que hacer; que no se iba a quedar en un “yo haría…” y al final nunca sabes cómo queda de verdad porque se queda en eso, en una posibilidad. Nunca nos habían pedido que llevásemos a cabo aquellas actividades que habíamos inventado. Hemos hecho unidades didácticas (una en todo lo que llevamos de carrera, tres si incluimos las de los periodos de prácticas) en las que hemos escrito cómo trabajaríamos el verano con los niños, los planetas, el reciclaje, etc.; pero siempre se han quedado en eso, en papel.

Sin embargo, él nos lo dejó claro cuando nos encomendó la tarea una semana antes, y más claro aun cuando directamente se sentó como público: teníamos que llevar a cabo nuestras propuestas.

Con esta actividad nos quitamos un poco más la vergüenza y el miedo a hablar en público, trabajamos la capacidad de inventiva y de improvisación, fomentamos el uso de nuestra imaginación, la colaboración (pues todas necesitamos voluntaria a la hora de llevar a cabo nuestras propuestas y no fue necesario obligar a nadie a salir al “escenario”. Gracias chicas, gracias Víctor), aumentamos nuestro conocimiento sobre el objeto en cuestión y experimentamos distintos ritmos, distintos tempos; lo pasamos bien, nos reímos, disfrutamos, trabajamos en equipo y también nos vimos “solos ante el peligro” a la hora de proponer la actividad. Evaluamos la sesión, con lo que dimos paso a una sesión de críticas constructivas que todo el mundo recibió bastante bien; aprendimos a sincerarnos con respeto. 



Educación Infantil

Sentada viendo a mis compañeras “desperté” y se me ocurrió la siguiente propuesta¨: bailar haciendo coincidir cada paso con cada sonido del metrónomo.

Salí y pedí cinco o seis voluntarias. Nos colocamos creando un semicírculo y les expliqué lo que íbamos a hacer: “vamos a bailar haciendo coincidir cada paso con el sonido del metrónomo. Primero vamos a hacer los pasos para aprendérnoslos. Lento, así… ¡Ah! Haremos los pasos siempre empezando hacia a derecha. Un, dos, tres, y…”. Comencé a hacer la siguiente coreografía mientras reproducía el sonido del metrónomo con la boca:
  
Con los pies


Con la cintura


¡Manos arriba!


(Morado = izquierdo)                     (Rosa = derecho)


Repetimos la coreografía dos veces; enseguida se quedaron con ella. Entonces puse a funcionar el metrónomo colocando la pesa en el extremo más alto de la varilla, tempo lento; después fui aumentando el tempo hasta conseguir un ritmo bastante rápido. Antes de empezar la coreografía con cada tempo nuevo daba un pequeño margen de tiempo para que se hicieran con el mismo; para indicar el comienzo de la coreografía, contaba “un, dos, tres, y” a la misma velocidad que el tic-tac del metrónomo. Creo que lo pasaron bien; cuando comenzamos a bailar como locos siguiendo el tempo más acelerado nos echamos a reír.

Esa fue mi propuesta de presentación del metrónomo en el aula.