Música… Me encanta la música. Vivimos rodeados de música, queramos o no. Y yo quiero, siempre quiero: de fondo, en la ducha, en el coche, en casa de los amigos, en un bar, cuando me siento mal, cuando me siento bien (sobre todo cuando me siento mal, me anima o me desahoga, depende de lo que necesite). Y todo tipo de música: hay que explorar, conocer, comparar y luego elegir, o no. El caso es que creo que ninguno de nosotros podría vivir sin ella; aunque Fulanito no se lo haya planteado, no puede vivir sin ella; aunque él no lo sepa, no puede. Llevamos ritmo en nuestro interior: los bebés se tranquilizan cuando se apoyan en el pecho de la madre y escuchan su corazón, su ritmo, música… La necesitamos. Y dentro de eso luego hay mil formas de amarla y considerarla; para algunos es una filosofía de vida, para otros un pasatiempo, para otros SU vida, su motor; para otros será una escusa de encuentro, arte vivo, cultura, una forma de expresar, un lenguaje universal, algo que une, una terapia o ese medicamento que no tiene efectos secundarios. Diversas opiniones pero nadie, creo, podrá decir “nunca escuché música”.
En mi caso, en un principio, vino de una forma típica, con canciones infantiles, cuentos, retahílas, poesías, adivinanzas, etc., de manos de mis padres, abuelos, tíos y tías; luego, en el colegio, siempre te cantan y tú cantas. No estaré contando nada que suene extraño para nadie, pues creo que todos compartimos un inicio común de nuestra relación con la música. Mi madre me llevó a la guardería bastante pronto. Al año y poco ya hablaba y podía seguir conversaciones con los adultos, y como hasta los dos años y medio fui hija única, pensaron que sería bueno relacionarme con niños y niñas de mi edad. ¿Recuerdos? Un espacio amplio que compartía con más niños, muchos juguetes por aquí y por allí y música, muchísima música: pasábamos casi todo el día con el hilo musical. Teníamos momentos de relajación en los que aprendíamos a escuchar el silencio, pero recuerdo mis mañanas siempre acompañadas con música. Mi madre cocinaba con música y cantaba y me incluía para acompañarla (vaya dos…). Recuerdo, casi más que todo esto, los viajes en el coche escuchando a Mecano, El último de la fila, Yazoo, Serrat, Sade, aquella mítica canción de Fools Granden “Lemon Tree”, el mítico Michael Jackson, temas de George Michael, Prince, Queen… A medida que fuimos creciendo mis hermanos y yo, fuimos eligiendo música y claro, nos seguíamos por modas. Fue entonces cuando las Spice Girls, los Back Street Boys, Britney Spears, La oreja de Van Gogh, etc., comenzaron a acompañarnos en nuestros viajes con destino a la playa. Qué tiempos…
Cuando cumplí cinco años mi madre me regaló un teclado de aquellos que tenían una o dos octavas y tenían grabadas canciones que podías tocar siguiendo las lucecitas de cada tecla. Fue un regalo que mi padre le hizo hace mucho tiempo y que ella decidió regalarme a mí. Desde muy pequeña me encantaba el sonido del piano. Siempre fue mi instrumento favorito; luego intentó hacerle competencia el violín, pero no consiguió moverle de ese primer puesto. Lo que empecé a hacer fue intentar tocar en el teclado lo que escuchaba; iba probando y escuchando el sonido de cada tecla, memorizaba dónde estaba colocado cada sonido, e iba reproduciendo las canciones que ponía mi padre en los viajes. Y así conseguía sacar algunas estrofas de canciones que luego, con el tiempo y sin la práctica, olvidaba. Y así pasé años. Con el tiempo me regalaron un teclado más grande, que todavía conservo. Quise apuntarme a clases de piano. Muy caras. Es mi sueño frustrado, aunque algún día aprenderé. Hasta entonces, sigo sacando canciones por ensayo-error.
Eso y cantar son dos de los aspectos que conforman mi manera de ser. Yo soy yo pegada a la música. No sé tocar bien el piano, ni cantar de maravilla; nunca quise dedicarme a ella ni hice de la misma una forma de vivir, pero es para mí una terapia y algo muy personal. Soy de las personas que piensa que hay que saber escuchar la música, que la música no sólo se escucha con los oídos, sino también con el alma. Y puede que esto suene muy cursi, sí; pero ha día de hoy tuve la suerte de conocer a una persona que compartía mi forma de entenderla y sentía lo mismo que yo. Te das cuenta de ello cuando escuchas una pieza, un estribillo, una introducción, un solo, y el vello se te pone de punta; cuando notas que los poros de la piel de tus brazos, tus piernas, el cuello se tensan y la música consigue que no pienses en absolutamente nada. Cuando te deja la mente en blanco y el alma bien abierta y todo tú estas concentrado en ella. Y te empieza a escocer la garganta y te pica la nariz porque vas a llorar, lo sabes, y pasa: al final acabas llorando de emoción, única y exclusivamente por lo que estás escuchando. Y no hay más en ese momento: solo la música y tu cuerpo que se estremece, ya está. A día de hoy recuerdo cuando compartimos esa impresión y ambos acabamos llorando sólo de imaginar lo que nos hacía sentir ese momento. Lágrimas de desahogo porque no nos encontramos solos en ese sentimiento ni en esa forma de sentir la música que nunca habíamos podido expresar por vergüenza. Porque, al menos yo, las veces que lo había comentado a determinadas personas, me decían: “pero porque a algo te recordará… En algo pensarás para emocionarte así”. No, no, no, no, de verdad que no; claro que hay canciones que te recuerdan a cosas y hacen que sientas o alegría o tristeza, pero me refiero a sentir eso sólo por lo que estás escuchando, porque es bonito, porque es perfecto para tí”, es lo que yo contestaba. Sí que es verdad que esta persona y yo somos demasiado (por suerte o por desgracia) sensibles. Y digo por suerte o por desgracia porque, cuando te lo diagnostica un psicólogo y te pone en previo aviso de que todo te afectará más que a los demás, sabes que es algo que debes aprender a controlar y trabajar; pero si en ese afectarme más está incluida esa experiencia con la música y el arte en general, repito mil veces y no cambio por nada esa peculiaridad llamada hipersensibilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario