El Camino de Santiago: terapia grupal

Esos cinco minutos antes de entrar al aula fueron el detonante. Estábamos enfadadas. La escusa para estallar en el pasillo fue la clase que nos había dado el profesor de educación física media hora antes. Comenzamos a opinar, de esto y de lo otro, de lo pesada que nos resultaba la asignatura con lo bonita que podía ser, contagiando a todos los “mini-grupos” dentro del grupo clase. Una cosa llevó a la otra y, al final, acabamos hablando de todas las asignaturas del cuatrimestre y de cómo las habían enfocado los profesores. Las comparamos con las del cuatrimestre anterior; entonces recordamos el curso pasado y ya, la cosa se calentó tanto que empezamos a opinar sobre la carrera en general… “Y tú este año estás más seriota y apagailla Albi, algo te pasa…”, me dijo Jennyfer. Sí, pero sólo pensé que me lo notarían aquellos que más me conocen. Así que una vez más veo que estoy rodeada de muy buenas futuras maestras, muy observadoras, entre otras cosas. Estoy segura de que valemos, en el fondo estoy segura; aunque este año hagan que me levante cada mañana necesitando que alguien me lo recuerde o que yo misma le de al play para que suene una y otra vez en mi cabeza la misma frase: “sí, es lo mío, es lo mío, es lo mío…”.

Abrió el aula y nos sentamos. No sé que cara debió vernos; bueno sí, de perro. Pero la panorámica desde su perspectiva debió ser más impactante que la nuestra. “Uy… ¿qué pasa?”, tuvo que esperar hasta que nos callamos. Tardamos más que de costumbre, pues estábamos enfrascadas en varias conversaciones que venían a decir lo mismo. “A ver… ¿qué tal? ¿Cómo lo lleváis?”, nos preguntó. “Mal, fatal”. Aquel momento fue el principio del fin; vamos, que el pobre hombre no pudo dar la clase que tenía pensada.

Agachó la cabeza sonriendo y contestó “bueno, bueno… ¿tan mal? ¿Tan mal para que estéis todas así?”. ¿Hola?, ¿un profesor se estaba preocupando por nuestro estado anímico? Pasó lo inevitable: todas nos pusimos a hablar a la vez. Todas queríamos contar, todas queríamos opinar y todas, vamos a ser sinceros, queríamos criticar y mostrar nuestro malestar, con las clases en particular y con la carrera en general. Lo necesitábamos.

“Pues sí, mal, fatal”, contestó una; “pero… “¿me estáis hablando del trabajo que yo os he mandado?”, “no, es que no es solo tu trabajo: es el tuyo, el de educación física, el de la de familias, el de sociales… “. Las intervenciones se fueron sucediendo, una vez tirada la primera piedra… Como cuando cae la primera ficha de dominó y después van cayendo todas las demás…

“Bueno, pero es normal que se manden trabajos de cada asignatura…”, nos contestó; “ya, lo que no es normal es que cada profesor piense que sólo tenemos su asignatura. Me refiero a que cada profesor va mandando carga de trabajo sin tener en cuenta que hay otros profesores que van y hacen lo mismo. Y nuestro tiempo libre es el mismo y es el que tenemos que repartir entre las asignaturas. No hay más. Y si encima le añades a que tenemos que venir todas, todas las tardes, porque cuentan más las faltas que la asistencia, ya es tiempo que te quitas; y si encima trabajas, como es mi caso y el de muchas de las que estamos aquí, ya ni te cuento el tiempo que me queda. Y que, a ver, además de esto, tenemos vida a parte”, no pude más, tenía que soltarlo… Me desahogué y me dieron hasta ganas de llorar. “Sí, es verdad”, dijo Laura; prosiguió, “… además ya no es sólo eso, es que, que un profesor coja y te diga que dejes tu trabajo porque tienes que asistir a las clases… Me parece muy fuerte. ¿Cómo pago mi casa?, ¿cómo pago mis estudios?”. “Estaba yo delante ese día… Es verdad, a mí me soltó que tendría que haberme matriculado en la universidad a distancia… Yo me veo apurada y eso que no tengo cargas de nada: vivo con mis padres, no pago un alquiler ni una hipoteca; pero sé que hay compañeras que sí”. Sí: al ir Laura y yo a hablar con él, con nuestro profesor de educación física, nos dijo que las cosas eran como eran; que teníamos que asistir a las clases y que si el trabajo nos lo impedía, que tendríamos que dejar de trabajar. Educación inclusiva se llamaba, ¿no? Esa en la que tienes que tener en cuenta la situación de tus alumnos… Qué ejemplo.

“Me parece un poco fuerte. A ver, estoy de acuerdo con que la asistencia pues importe y tal, pero… No sé”, Tomás debía estar alucinando. “Ya, bueno, a mí una de las profesoras me ha hecho llevarle el contrato de trabajo y los horarios de todas las semanas sellados por mi jefa para poder justificar mis faltas”, contó otra de mis compañeras; “¿en serio?”, sí, Tomás estaba alucinando.

Aquello se convirtió en una terapia grupal en toda regla, donde cada una fuimos exponiendo nuestros sentimientos, preocupaciones, pensamientos, etc. Me gustó mucho la sesión, porque supo escucharnos, se preocupó por entendernos y nos ayudó a buscar soluciones. Nos hablo del trabajo cooperativo: “no me refiero a nivel de subgrupos, me refiero a nivel de grupo de clase en general”. “Eso es complicadísimo”, contestó una de mis compañeras. Tomás puso cara de sorpresa, “¿por? No entiendo por qué va a ser complicado. En los apuntes o lo que sea, no hablo de un trabajo personal, sino de algo que tengáis que entregar todos por igual o para estudiar: se divide la materia en grupos de trabajo y esa materia se pasa al resto de la gente. O podríais crear un blog para vosotros, e ir colgando vuestras cosas, compartir: en educación es fundamental compartir lo que uno crea. Fundamental”. Entonces viejas historias salieron a relucir: “eso es muy difícil porque a ver, vamos a hablar claro: aquí ahora estamos mejor, pero ha habido malos rollos, no seamos hipócritas”. “En fin…”, pensé. Eso nos habría dado para otras dos sesiones más de terapia, pero la verdad es que no me hubiese apetecido nada volver a sacar ciertos temas: todavía me quedan meses de convivencia y no me apetece ir a clase con más desgana que la que ya me acompaña.

Me entristece decirlo, pero me siento así. Todas tenemos nuestra situación personal, y yo tengo la mía. Toda mi vida quise ser psicóloga. Me preparé para hacer la prueba de selectividad, pero no me dio la nota y me preparé para una segunda prueba en septiembre: me quedé a 0,02 puntos de entrar en Psicología. Decidí que no quería estar un año sin estudiar porque sabía que luego me costaría retomar ese hábito y porque me parecía que era desperdiciar un año. Así que busqué qué Ciclos Formativos de Grado Superior me daban acceso directo a la carrera. Escogí Educación Infantil: me lo pasé tan bien… Aprendí tantísimas cosas, me llevé tanto a todos los niveles que durante esos dos años di las gracias por esa nota que no me había permitido acceder a Psicología. Había descubierto lo que de verdad quería hacer, mi mundo: los seis meses de prácticas se me pasaron volando, entre canciones, juegos, teatro, manualidades, música, talleres de cocina, excursiones, etc., acompañando a niños de dos años. Una pasada, de verdad. Pero tenía la espinita clavada y cuando terminé me matriculé en Psicología. Tras hacer el primer año vi que eso no era lo que yo pensaba o creía que era. “El primer año es el más aburrido, no seas tonta”, me aconsejó todo el mundo, menos mi familia: “si no te gusta, no te gusta. Te veo todos los días y ¿sabes qué? Nunca te había visto más contenta ni ilusionada por nada que cuando volvías a casa de la escuela infantil y de las clases con tus compañeras”. Matriculé segundo curso pero no fui capaz de matricular un tercero. Qué sabias suelen ser las madres… Entonces decidí sacarme la carrera para ser maestra.

Y aquí estoy, matriculada en tercero y deseando terminar porque llevo tres años aburriéndome. Porque llevan tres años contándonos lo mismo, exactamente lo mismo y nada de lo que anhelamos: ¿cómo le enseño a un niño a contar?, ¿cómo le enseño a un niño a leer/escribir?, ¿cómo he te contar un cuento?, ¿qué hago si un día uno de mis niños no para de llorar y contagia al grupo?, ¿qué hago en una escuela infantil si un niño se niega a comer?, ¿qué técnicas debo seguir?, ¿cómo trato una rabieta?... Podría seguir, recopilando todas las preguntas de mis compañeras. Llevo tres años aquí metida y siento que no he aprendido nada nuevo. En tres años hemos hecho una simple unidad didáctica, cosa que veo fundamental en nuestro trabajo; en el ciclo hacíamos, lo menos, dos semanales. Y representábamos todos los trabajos, simulando situaciones, construyendo, contando cuentos, inventándonos canciones. Un día una de las profesoras nos propuso hacer un taller de juguetes sensoriales: cómo construiríamos nuestro propio juguete para niños del periodo sensoriomotor. Y no se quedó en un “lo haría de tal forma”; para nada:












Ese fue mi juguete: Valentina, la vaquita sensorial; cada una de sus manchas se levantaba y el niño podía descubrir texturas diferentes, le puse un cascabel dentro del rabo, una bocina en la lengua y gotas de olor a lavanda en la flor. Hubo auténticas maravillas. Un lujo de actividad sin duda.

Si se quiere, se puede. No sé por qué razón o motivo no hemos hecho nada de esto todavía en ninguna clase. “El niño ha de aprender jugando, mediante la actividad”, todavía estoy esperando un taller de juegos, o alguna sesión más práctica que teórica. Pero si por práctica los docentes que nos imparten clase entienden que es que tenemos que leer un texto y sacar las ideas principales, prefiero que dejen las cosas como están. En Literatura me hubiese encantado hacer una sesión de cuenta cuentos, donde cada una de nosotras, o por grupos, hubiésemos preparado un teatrillo, una actuación: cómo contaríamos un cuento en el aula con los niños. Pero nada, estuvimos esperando una clase que nunca llegó. Y así estamos, pasando tardes y más tardes sentados en clase, viendo presentaciones de PowerPoint y aguantando, por mucho que digan que no, clases magistrales, una tras otra, tras otra, tras otra; haciendo trabajos que no conseguimos entender para qué nos van a servir, aguantando cómo enfocan la mayoría de las clases para niños de primaria, cuando lo que necesitamos es saber cómo hacer con un niño de cuatro años, por ejemplo. Que necesitamos pensar, crear, inventar, divertirnos aprendiendo; no sólo los más pequeños. No ir a clase todos los días y ver la cara de seta que tenemos todas ya a estas alturas… Caras de aburrimiento y frustración de no entender por qué están haciendo las cosas de esta manera con nosotros, de verdad; de no entender tanto esfuerzo en tantos trabajos, tanta asistencia, para que luego sigan valiendo una porquería, como en el plan antiguo. Cuando empleas tiempo que sacas de debajo de las piedras para poder entregar todo lo que te piden (mi realidad es estar sentada desde las 15.30 hasta las 19.30 todas las tardes, trabajar como camarera todos los fines de semana terminando el turno el domingo a las doce de la noche para el lunes volver a empezar; el poco dinero que gano invertirlo en gasolina para no perder las dos horas que perdería si tuviera que ir en transporte, horas que aprovecho para hacer todas las tareas que nos mandan porque, si no, mi nota no podría superar el 5, y aunque haya mucha gente que crea lo contrario, somos muchísimos los que no nos conformamos con sacarlo y ya). En fin…

Creo que nos piden mucho y estamos recibiendo poco, la verdad, o no lo suficiente. Lo mismo soy demasiado dura, o demasiado inconformista… Pero no creo que todos los estudiantes nos hayamos vuelto locos de la noche a la mañana ni tampoco los profesores que hablan con nosotros por los pasillos reconociendo la pena que les da lo que están haciendo con nuestra formación. 

Entonces la clase se basó en eso prácticamente, en expresar nuestro disgusto: porque allí no saltó ninguna diciendo lo contenta que estaba y lo correcto que le parecía todo.

Y él nos escuchó. Nos escuchó y “perdió” toda su clase:

   Te hemos chafado la clase…”, le dijimos. “No. La verdad es que tenía preparada la sesión; pero creo que es importante parase un rato a escuchar al grupo que tienes delante. Creo que esto viene bien”.

Chapeau.


Nunca, nunca, nunca abandones

Me cuesta, me cuesta muchísimo esto de las nuevas tecnologías. Hasta hace poco las rechazaba algo más; pero mi pareja es informático y, a base de paciencia, me fue “actualizando”: de ir a clase con la carpeta llena de folios, pasé a comprarme un netbook; de tener un móvil en blanco y negro con el que era la más feliz mandando mensajitos, pasé a tener un Smartphone; de pedirle siempre a mi hermana la cámara de fotos, pasé a comprarme una chulísima, muy mona de color naranja. Pijotadas varias vamos, pero que la sociedad casi que nos obliga a tener y saber manejar.

Si no, hago un repaso por mis últimos años académicos: de repente me vi con la necesidad de copiar apuntes más rápido, el bolígrafo ya no me daba más de sí; con la obligación de seguir a los profesores mediante el famoso moodle y tener que entregar trabajos en formato digital. Ya no quieren cuadernos y más cuadernos, es comprensible. Y yo, que soy muy reacia a los cambios en ese sentido, que me cuesta mucho aprender de este nuevo mundo (entre otras cosas porque no me despierta ese gusanillo e interés más allá de las cuatro cosas que manejo), que me pongo muy nerviosa cuando sale algo en la pantalla que no sé lo que es y cuando veo que no consigo manejarme, y que me cuesta interiorizar determinadas cosas en relación con las tecnologías... ; y ya si a eso le sumo que es inminente (por no decir que ya está aquí) el hecho de que en las aulas tengamos que manejar sí o sí estas nuevas tecnologías, me entra una ansiedad que no puedo con ella. Me agobio muchísimo.

Quizá fuese algo egoísta, pero aproveché para desahogarme y contarle mi situación con respecto a este tema. “Pero vamos a ver… Esto es como todo: los primeros cien pasos te costarán, es más, siempre harás algo mal; pero esos cien pasos hay que darlos Y poquito a poco estarás más cerca de conseguí lo que sea. Mirad, cuando decidí hacer el Camino de Santiago… - en ese momento se empezó a reír- Cuando pasé con la bicicleta, por aquí, por Colmenar pensé “mañana me vuelvo”. Pero continué. Cuando me tumbé la noche siguiente para dormir, estaba reventado, pensé “mañana me vuelvo”. Cuando ya llevaba sesenta kilómetros y pensé en todo lo que me quedaba, me dije a mí mismo “mañana me vuelvo, ¡vamos que si me vuelvo!”. Pero seguí y a lo tonto a lo tonto, fui sumando kilómetros, kilómetros y llegué. ¿Qué os quiero decir con esto? Que todo aprendizaje requiere pasos que dar, un trabajo que hacer, un esfuerzo; pero si consigues seguir verás como, poco  a poco, vas sumando y avanzas, avanzas; hoy un poquito, mañana un poquito más, hasta que consigues todo lo que te propones. Todo, de verdad. Me gustaría que buscaseis escribiendo en Google “nunca, nunca, nunca abandones”. Lo buscáis y ya me contáis”.

Soy de esas personas que siguen ese tipo de consejos: busca aquí, léete esto, haz lo otro… Soy muy “mística” en ese sentido; todo lo que concierne a flujos de energías, mensajes positivos, actitud ante la vida, que la suerte se forja y se busca… Todo eso llama mucho mi atención. Entonces busqué y encontré...



“La perseverancia es esencial para emprender y lograr metas. Y de eso saben mucho quienes estudian música y ejercitan su talento para dominar un instrumento. Precisamente, antes de convertirme en un iniciado de Iniciador (es decir, acudir al evento), me encontré en el Metro de Madrid con una joven morena y veinteañera con quien mantuve una amable conversación durante los minutos que duró el trayecto. Estudiaba música y acudía a un ensayo con una orquesta. En sus manos tenía una partitura de Beethoven. Me explicó que tocaba el contrabajo, instrumento inusual y aparatoso. Enseguida hablamos de pasión, disciplina y perseverancia. Compartimos la opinión de que la profesión de músico está mucho más reconocida en otros países de la UE que en España. Cuando llegó el momento de despedirme, recuerdo que le dije que perseverara y disfrutara con su carrera musical. Una hora más tarde, Alexis Bonte nos diría a los emprendedores que lo escuchamos: Nunca, nunca, nunca abandones. Gracias. Al final del cañeo de marras, caminé por las calles de Madrid y me metí en un restaurante a cenar. Como estaba solo, di conversación a una de las camareras. Entró una joven, rubia y veinteañera, cargada con un chelo a sus espaldas. Entablé una breve conversación y le hablé de que unas horas antes había conocido a una joven que tocaba el contrabajo. ¡Casualidades de la vida! Ambas tocaban en la misma orquesta. Pagué la cuenta y me marché. En las calles, los coches sonaban las bocinas. El Atlético de Madrid acababa de ganar la final de la Liga de Europa. ¡Perseverancia! Caminé. Tomé el autobús y reflexioné sobre cuán importante es hacer sociales y ser tenaz cuando nadie reconoce tu esfuerzo por lograr un sueño: ser maestro del instrumento de la vida, de vivir emprendiendo”.

Pasión, disciplina, perseverancia… Qué razón.


Optimismo e ilusión

No quería terminar este apartado sin compartir lo que hace poco me recomendaron. El vídeo es bastante largo; pero no dejo de pensar en lo que merecen la pena todos esos minutos. De verdad: dos horas muy bien empleadas, lo prometo.

Son muchos y muchas los que, hasta día de hoy, me han escuchado, aconsejado, recomendado; bien, me gustaría recomendar a todo el mundo la siguiente conferencia y devolver el favor a todos aquellos que me recordaron en su momento y me recuerdan a día de hoy la importancia de vivir con optimismo e ilusión.  






Reflexión

Cercano. Nos recordó que ellos, los profesores, también son personas, como nosotros los estudiantes. Y se agradece, porque me pongo a pensar en mi vida académica y me hubiese gustado que más profesores nos hubiesen hecho el regalo que nos hizo él. En un tiempo en el que eso, el tiempo, es oro y se nos escurre entre los dedos, no tuvo reparo en dedicar su tiempo a escucharnos.

Creo que cuando nos movemos por terrenos tan humanos, como es el terreno de la educación, donde además de educar, enseñar, acompañar, etc., el docente debe ser consciente de lo que tiene delante: estudiantes que, con esa y sin esa etiqueta, son ante todo personas.  En los centros educativos convivimos. Es verdad, si no, no tendríamos los “roces” que tenemos a veces. La educación ha de ser también convivencia: en infantil, en primaria, secundaria y en los niveles más altos. Compartimos nuestro tiempo rodeados de personas que resultan ser compañeros que sienten y padecen como tú; opinan, se divierten  se enfadan, como tú y como sus docentes. Que lo que separa al docente del discente es la preparación y los años, nada más.

A lo largo de toda su asignatura no olvidó que estaba trabajando con personas, que sus clases eran un lunes a última hora, de seis a siete y media de la tarde (franja horaria mortal), que trataba con personas que tenían que aprender música y que, en un futuro, estarían con niños y niñas deseosos de hacer música; no olvidó nunca que, en su ciencia, la práctica es más importante que la teoría; que se aprende mejor disfrutando y que es fundamental conocer a las personas que tienes enfrente.

Gracias.


Educación Infantil

No digo nada nuevo ni descubro América si escribo que me parece imprescindible conocer a tus alumnos y ser sensible para con ellos.

Con mis niños hablaremos más allá de las asambleas. Se me ocurre que estaría bien crear un momento, una rutina, en la cual nos dedicáramos a hablar de lo que sentimos, queremos, pensamos, etc. El lunes me parece un buen día, para que cuenten qué han hecho el fin de semana, cómo se sienten ante la nueva semana, etc.; y el viernes también, para recordar lo que hemos hecho esa semana. Escribiendo esto se me viene a la cabeza la imagen de un buzón: el Buzón Comilón, construyéndolo con una carita de expresión amigable, donde nuestros niños vayan metiendo cartas con lo que piensan, fotografías, el título de una canción, peticiones de temas que podemos tratar, etc. Cada mañana abrimos el buzón para saber qué tienen nuestros chicos y chicas en la cabeza, qué quieren expresar, etc.

Pero creo que hay que hablar con ellos, mucho. Y preguntar, adivinar; observarles y saber en qué estado anímico se encuentra el grupo para poder adaptar tus actividades, tu voz, tus palabras, etc. Conseguir que confíen en ti y se sientan seguros contigo; que seas aquella persona con la que les sea agradable estar y quieran estar porque saben que pueden contar contigo. Eso es lo que quiero transmitir y hacerles sentir.