Se lo sacó del bolsillo y nos lo mostró levantando el brazo, caminando de un extremo al otro de la grada para que todas y Víctor pudiésemos verlo. “Ah, sí, ¿cómo era?”, dijo una; “... para afinar la guitarra, ¿no?”, dijo otra; “me suena pero no sé”, “sí, es un diapasón”. Tomás iba moviendo la cabeza, negando o asintiendo, respondiendo a nuestros cuchicheos sobre el objeto que sostenía. “Esto es un diapasón. Muy bien por ahí”, dijo finalmente contestando.
“El diapasón. ¿Y para qué sirve el diapasón?”, nos dejó unos segundos para contestar y observar nuestro conocimiento (y desconocimiento) en relación con el objeto. “Bien. El diapasón es un imprescindible en música: sirve para afinar los instrumentos y darnos la referencia a la hora de cantar una canción. Es universal. Reproduce 440 Hz por segundo. Todo aquel que haga música, tanto de manera profesional o no, debe tener un diapasón. Vosotras debéis tener un diapasón. Si nosotros golpeamos las varillas contra uno de nuestros dedos sujetando el diapasón por este extremo, haciendo vibrar la “U” y nos lo acercamos al oído, escucharemos un La”. Realizó la acción y nos miró. Le ofreció el diapasón a una compañera y pidió que hiciera lo mismo que él y que reprodujera el sonido que hacía el diapasón. Esta golpeó las varillas del diapasón contra uno de sus dedos y se lo acercó al oído: “la…”. Tomás ladeó la cabeza reproduciendo un “mas o menos”, “pero no, pásaselo a tu compañera; vamos a intentar reproducir justo el La del diapasón… (hizo una breve pausa para observar nuestras caras); TODAS y tú también (le dijo a Víctor)”. Total, que el diapasón fue de mano en mano y golpeado una y otra vez.
Se produjeron situaciones bastante graciosas: compañeras que al golpear el diapasón podrían haberse lesionado un dedo, otras que se lo acercaban al oído pero decían no escuchar absolutamente nada, otras tantas que lo escuchaban pero no conseguían reproducir la nota del mismo… Pero una de las cosas más graciosas fue cuando una de mis compañeras se acercó el diapasón al oído como temerosa, como quien levanta con miedo un teléfono y se lo acerca al oído expectante pensando que hay alguien al otro lado que a saber lo que va a decir… Risas para todos, porque Tomás comenzó a bromear y hacer chistes de las situaciones. “¿Sí?, ¿hola?, ¿hay alguien ahí?”. Hubo compañeras que fueron incapaces de reproducir el sonido porque las carcajadas se lo impedían. Vamos, aquello fue de locos: nos lo estábamos pasando genial.
Tomás volvió a coger el diapasón, lo hizo vibrar, se lo acercó al oído y reprodujo perfectamente el La que producía. “Imagináos que estáis en clase con vuestros niños y queréis cantar una canción pero no os acordáis cómo empezaba, no sabéis cómo entonarla: pues cogéis vuestro diapasón (li hizo vibrar y reprodujo el La)… La, Sol, Fa, Mi… Mi… Y habríais cogido la nota que corresponde”. La verdad es que no conseguí entender muy bien lo que nos acababa de explicar, así que levanté la mano: “es que no entiendo… Si yo quiero cantar la canción de… Pimpón es un muñeco, por ejemplo, yo sé que empieza…”, “cántala”, “¡ala! No”, (“para qué habré hablado”… pensé). Empecé a cantar la canción, no me dejó alternativa y, al fin y al cabo, estábamos en una clase de música. Cuando dí la primera nota, Tomás se apresuró a buscarla en el piano. Después, hizo vibrar el diapasón y, a partir del La, se movió por la escala para coger la nota con la que se iniciaba la canción. Pim-pón, Sol-Do ó Do-Fa.
En mi casa decidí coger mi teclado e intentar sacar la canción desde estas dos combinaciones. (Los vídeos no son muy buenos, ni en imagen ni en sonido; intenté que no me temblara el pulso mientras sujetaba la cámara con la mano izquierda y luego tuve que reducir calidad para poderlos subir al blog y mandarlos por correo):
Primero comencé la canción en Do
Después en Sol
Por último, junté ambas estrofas y añadí otra empezando en Sol en una escala diferente
No sé con qué comienzo me quedaría y tampoco sé si alguno de ellos es el comienzo de la canción casi universal. Creo que los maestros debemos hacer un poco nuestras determinadas canciones, para no aburrir a nuestros niños e ir descubriendo nuevas formas de hacer, explorar.
Tomás continuó familiarizándonos con el diapasón de una forma muy amena. Me señaló y me puse de pie. Me pidió que me tapara los oídos y entonces comenzó a “hablar” (en realidad sólo movía los labios, ¡estaba intentando engañarme!): “¿me oyes?”, conseguí leer; “no”, “¡¿no?!”, “no… ¡No me estás hablando! Mueves los labios nada más”. Cómica la escena. Después me puso el diapasón en la cabeza y me preguntó si oía algo: me lo había colocado sin hacerlo vibrar. “No, nada”, contesté. Entonces me miró extrañado a la vez que miraba al público. Entonces hizo un gesto de complicidad hacia la grada, se golpeó un dedo con el diapasón y me lo colocó en la cabeza: “¿ahora…?”. Abrí mucho los ojos, subí más las cejas y le miré, acompañando mi gesto con un “¡guala, qué fuerte!”. Todas mis compañeras comenzaron a reírse. “Lo oyes, ¿no?”, “sí, sí, qué chulo”. Después me pidió que colocara la parte de mi muñeca que sale de la palma de mi mano en mi oreja; hizo vibrar el diapasón y lo colocó en mi codo. Mi cara de sorpresa debió representar el doble de esta emoción en comparación con la anterior. Él se echó a reír, “¿sabéis por qué puede oírlo? Porque el sonido se transmite por lo sólido, a través de sus huesos”. Qué pasada, de verdad.
Reflexión
Con esta actividad aprendimos, una vez más, la importancia de la puesta en escena a la hora de introducir en el aula algo nuevo. Tomás supo captar nuestra atención y hacer, de algo simple y sencillo, un juego; dotar al diapasón de todo el protagonismo.
Como futuras maestras creo que debemos tener muy en cuenta cómo enseñamos a los niños, cuidar mucho las técnicas de presentación para envolver al niño y conseguir que su experiencia de aprendizaje sea un juego en sí misma.
Tengo veinticuatro años y aquel día lo pasé realmente bien descubriendo qué era un diapasón. Y creo que mis compañeras también disfrutaron; todavía recuerdo sus risas y a Marta intentando hablar y no conseguirlo. Una vez más vimos la importancia de adaptar la sesión al grupo: conocer al mismo, saber qué puede triunfar y qué no, etc.
Educación Infantil
“Hay mil formas de presentar un objeto. Lo más inteligente es hacerlo de forma amena y divertida, como lo que hemos visto. ¿Qué he hecho yo? Jugar con vosotras: bromeando, riéndonos, mezclando un poco de teatro, metiendo sorpresa… Podéis hacer esto mismo con los niños. Lo importante es que se diviertan mientras están aprendiendo qué es un diapasón. Con todo esto, más viendo qué más posibilidades tenemos con el diapasón, podríais diseñar una unidad didáctica que se titulase… Yo qué sé… Dando “La” Nota, por ejemplo; y ya con el título estáis jugando”.
Me imagino en un futuro en el aula, con mi grupo de niños, enseñándoles lo que es un diapasón de la misma manera: bromeando con ellos, haciéndoles protagonistas, interpretando; haciendo de la intervención un espectáculo.
Me gustó mucho cómo escuché el sonido del diapasón cuando Tomás me lo puso en la cabeza. El día que esté en mi aula colocaré a mis niños en fila. Haré vibrar el diapasón y se lo pondré en la cabeza al primero, pidiéndole que se tape los oídos. Le diré que es un secreto que tenemos que enseñar a los demás; después, le pediré que haga lo mismo con el compañero de detrás y éste deberá hacer lo mismo con el de detrás. Así sucesivamente, hasta que todos hayan experimentado la misma sensación.
